El día 19 de agosto de 2015, ese iba a
ser el día que daría comienzo a una nueva etapa de mi vida. Ese día
en el que ya no te puedes arrepentir aunque quiera. Ese día el que
seguro nunca olvidaré.
Me levanté muy temprano, a eso de las
01:30, porque tocaba echar el último vistazo a ese maletón que casi
pesaba más que tú, y a su otra amiga, la súper bandolera que tenía
de ligera lo que yo de rubia, nada.
Por lo que parecía no me olvidaba
nada, ya estaba arreglada y vestida y ya había desayunado, las
02:00, en veinte minutos, llegaría mi padre con el coche para poner
rumbo a Madrid.
No me lo podía creer todavía, parecía
un sueño, y no era porque fueran las 02:00 de la mañana y pareciese
un zombie, sino porque en sólo veinte minutos abandonaría mi casa
por nueve meses, quién me lo iba a decir a mí, a esa chica tímida
que le da vergüenza hasta preguntarle la hora a alguien por la
calle. Bueno en navidades volveré, pero al fin y al cabo, son nueve
meses.
Pasaron esos últimos veinte minutos, y
mi padre puntual me envió un mensaje al móvil dicéndome que nos
esperaba a mi madre y a mi abajo.
Cogí la maleta grande y mi madre la
bandolera y fuimos directas al ascensor.
-¡Hasta dentro de nueve meses!-dije
mirando hacia la puerta de mi casa-.
Bajamos y salimos del portal, metimos
las maletas en el coche y nos sentamos.
Como no podía faltar, mi padre puso
nuestro “mix de canciones” para animar más el viaje, un infierno
de viaje en mi opinión por diversas razones, por ejemplo, son cuatro
horas de viaje, normalmente no puedo dormir en un coche y aún encima
con los nervios que llevaba encima no ayudaban, así que dormir iba a
ser misión imposible. Iban a ser las últimas horas que iba a pasar
con mis padres en meses, así que no me apetecía desperdiciarlas
durmiendo. Lo dicho, cuatro horas interminables...
¡Rumbo a Barajas!
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